
El tratamiento legal de la prostitución es un tema que suscita un enconado debate incluso dentro del propio movimiento feminista. En general, las posturas sostenidas son de tres tipos. Una se posiciona a favor de la regulación de la prostitución, equiparando en derechos laborales y sociales a los de cualquier trabajador, como ocurre en Holanda, Alemania o Austria. Una segunda se posiciona en el prohibicionismo, penalizando legalmente tanto el consumo como el ejercicio de la prostitución, vía adoptada en EEUU. Y la tercera de las posturas es la abolicionista, que sanciona a los usuarios y los proxenetas, pero no a la prostituta. Este es el famoso modelo sueco. En España la situación de la prostitución es “alegal”, ya que el penalizado es la persona que induzca a la prostitución a los menores de edad o incapaces, o a aquéllas personas que a través de violencia, intimidación o engaño fuerce a ejercer la prostitución a un mayor de edad. Una situación normativa que, por cierto, tampoco ha ayudado a erradicar las mafias de explotación de mujeres y la trata de blancas. Por ello mi propuesta es que optemos por una regulación claramente abolicionista de la prostitución. Y hay fuertes argumentos que respaldan esta tesis frente a la legalización.
Es un hecho que la prostitución se trata de una relación de poder que nace de una doble discriminación: la de género y la de recursos. La prueba más evidente es que el 90% de las personas que se prostituyen son mujeres, y más en concreto, mujeres pobres. Esto refuerza el modelo patriarcal de dominio en las relaciones sexuales: la cosificación de la mujer y el uso de su cuerpo para obtener dinero. Los que se posicionan a favor de la regulación plantean que esta situación no es tal, que la prostitución es inevitable y es mejor que se haga trasparente para que las que la ejercen tengan mejores condiciones, que al final se trata de un trabajo como otro más. Estos argumentos no podrían ser más erróneos. En primer lugar, porque ni la prostitución es inevitable ni, por aunque lo fuera, eso justificaría su regulación. ¿Es de verdad inevitable, cuando la prostitución alcanza un 20% del PIB sumergido en los países con turismo sexual mientras que en Europa no ocurre ni de lejos? Y aunque fuera inevitable ¿Se debería legalizar el asesinato dado que es algo “inevitable” que ocurra en las sociedades humanas? Segundo, que bajo ningún concepto puede considerarse la prostitución como un trabajo más. Miremos los datos: según el estudio de Gemma Lienas entre el 63% y el 80% de las prostitutas han sido objeto de violaciones, corren un riesgo 40 veces superior de ser asesinadas respecto al resto de mujeres y más del 68% sufren de estrés post-traumático. ¿Se puede considerar este un trabajo más? ¿Podría un Estado que hasta se preocupa de los derechos de los animales dar carta de naturaleza a este tipo de ocupación?
Por último, algunos plantean que hay personas que ejercen la prostitución libremente, y por ello se debería regular. Sin embargo, justamente se trata de una minoría muy minoritaria, asumiendo que más 80% de las mujeres prostitutas eran extranjeras vinculadas a redes de trata de blancas. Y aunque estas personas quisieran ejercer libremente la prostitución dando carta de naturaleza a este tráfico sexual generamos al menos dos problemas. El primero es que por el derecho de una minoría damos aval legal a la explotación de 9 de cada 10 prostitutas. Sería como si por una minoría que quiere trabajar 12 horas al día lo convirtiésemos en un derecho. Pero el segundo y más problemático es la legitimidad que se le da a esta práctica. Pasaría a considerarse una práctica de ocio más, comparable a ir al cine, lejos de una acción de explotación moralmente reprobable. Es más, dado que la oferta crea muchas veces su propia demanda, el consumo lejos de reducirse tendería a aumentar. Y dado que hemos segmentado el mercado entre lo visible y lo invisible ¿Qué hace pensar que la prostitución siempre se canalizará por cauces legales?
La postura abolicionista que yo defiendo aboga por la sanción a los proxenetas y usuarios, pero protegiendo a la prostituta, que es la verdadera victima de la explotación sexual. Por ello se debería desmantelar las redes tanto como proteger policialmente y con recursos a las explotadas para ayudarlas a incorporarse en la sociedad en igualdad de condiciones. La prueba más definitiva de la validez de mi propuesta es observar la dinámica de otros países. Mientras que en Amsterdam, donde es legal la prostitución, el tráfico ilegal de mujeres ha crecido un 10% en 5 años y están desmantelando el famoso “Barrio Rojo”, en Estocolmo con legislación abolicionista las prostitutas se han reducido en 2/3 y los clientes en un 80%. Por tanto, hagamos un debate serio y riguroso. Una sociedad moderna, como la nuestra, no puede seguir mirando hacia otro lado en prácticas que denigran al ser humano en general y a la mujer en particular. Eduquemos en valores, caminemos hacia una sociedad justa, igualitaria y de respeto entre personas. ¿No es una utopía apasionante?